Los caprichos del diablo

No es que me guste escribir acerca del diablo, pero el arte está tan cerca de él que es inevitable.

Olvidé mi reloj de pulsera y no tuve tiempo de rasurarme. Llevo puesto un pantalón formal y una camisa que no planché. Probablemente esto último es lo que más perjudica mi imagen formal, pero no le doy demasiada importancia. No aun, al menos.

Es el verano del 2019 y estoy en primera fila de un recital de guitarra clásica.

Frente a mí, a escasos metro y medio, se encuentra el guitarrista Mircea Gogoncea. El auditorio está lleno y entre los asistentes hay bastantes músicos académicos.

El maestro comienza a tocar y puedo escuchar mi respiración entre cada nota. Más allá de eso no puedo prestar atención a otra cosa más. Solo existo yo y el guitarrista frente a mí.

Esta no es una circunstancia normal. Este recital es, probablemente, uno de los mejores a los que he asistido.

Después de una serie de piezas de distintos países, culturas y continentes, Gogoncea da las gracias a los asistentes y se despide, para luego recibir una merecida ovación de pie. El joven maestro decide tocar una pieza más como encore. Se trata de su propio arreglo del capricho número cinco de Paganini.

Es 2019, más tarde esa misma noche, y aún pienso en aquella escena.

Paganini pasó a la posteridad como uno de tantos músicos que supuestamente vendió su alma al diablo. Hoy en día sería una falta de respeto demeritar el trabajo y esfuerzo de un músico como Gogoncea —quien coincidentemente comparte día de nacimiento con Paganini— argumentando que un talento así necesitaría ayuda divina.

Pero no sería ni de cerca la primera vez que algo así se sugiere.

Paganini dejó como parte de su legado una serie de composiciones caracterizadas por su alto nivel de dificultad, incluyendo sus 24 caprichos para violín solo.

La figura del diablo ha tenido tanta presencia en el folklor internacional que sería difícil tomar distancia o ignorar al elefante en la habitación.

Vienen a mi mente muchas versiones del folklor, pero hay una resuena más que las demás: la vida y obra de Robert Johnson.

Johnson fue un guitarrista de blues a principios del siglo XX. No mucho se sabe acerca de sus primeros años de vida, pero su juventud y temprana muerte fue marcada por su predilección por tocar aquello que se consideraba como "música del diablo": el blues.

Johnson vivió veintisiete años. Era un hombre estadounidense de raza negra en un tiempo no tan lejano a la esclavitud. Y, según se cuenta, también vendió su alma al diablo para poder tocar mejor que nadie.

Más de un siglo antes, en Italia, Niccolo Paganini tocaba su violín para una audiencia que no podía dar crédito a sus ojos y oídos. Su virtuosismo y presencia escénica era tal que la gente creía que aquel hombre era el mismo diablo encarnado.

Es 2019 y pienso en todo el proceso psicodinámico que tuvo que suceder en mí para poder unir estas historias y encontrar coherencia. Mientras, Paganini fluye mejor que el agua.

Estar sentado en primera fila implicaba haber sido uno de los primeros en tomar asiento, así que el monólogo interno de asociación libre dio comienzo mucho antes de que el maestro comenzara a tocar la primera pieza.

En 1986 se estrenó Crossroads, película norteamericana basada alrededor de la leyenda de Robert Johnson y su supuesto pacto con el diablo. A pesar de que la película no trata en sí de la vida de Johnson, su ausencia y legado marcan la pauta dentro de una historia que, a pesar de sus elementos de fantasía y misticismo, logra unir dos mundos que pueden llegar a ser bastante ajenos.

Me refiero a la música popular —en este caso el blues— y la música académica.

Ralph Macchio interpreta a un estudiante de guitarra clásica en Juilliard al que sucede gustarle el blues. Harto de ser un guitarrista clásico, decide buscar a uno de los músicos con los que trabajó Robert Johnson con la esperanza de encontrar una supuesta composición inédita de él y aprender el significado del blues.

Sin entrar en demasiados detalles acerca del argumento de la película, el protagonista termina apostando su propia alma para salvar la de su nuevo amigo. El demonio acepta y vemos al personaje de Ralph Macchio en pleno duelo contra el emisario del diablo, interpretado por el guitarrista Steve Vai.

A pesar de dar buena pelea en el área del blues, el personaje de Macchio sabe que no tiene la experiencia o habilidad necesaria para ganar el duelo, así que decide usar aquello que había abandonado al inicio de su jornada: la música académica.

Toca el capricho número cinco de Paganini, en un arreglo para guitarra eléctrica por parte del propio Steve Vai en la vida real. El personaje de Steve Vai, incapaz de superar la pieza de Paganini, tira su guitarra eléctrica al suelo otorgando la victoria al protagonista.

Por cierto, spoilers.

Es 2019 y aun pienso en la primera vez que vi esa película. Aun no había nacido cuando se estrenó.

El maestro termina su interpretación y se pone de pie. Todos sabemos lo que acaba de suceder, pero no creo que todos lo comprendamos de la misma manera.

Da sus agradecimientos en español, uno de los ocho idiomas que domina, para luego tomarse fotos con los asistentes y vender los últimos seis discos de su gira en México.

—Muchas gracias por venir —me dice el maestro al momento de estrechar mi mano. Habla con acento de España mezclado con su propio acento natal de Rumania.

—Gracias a ti —respondo sin elaborar. Realmente no hay nada más que decir.

Veo mi muñeca para ver la hora y recuerdo que no llevo puesto mi reloj. Mejor me voy a casa, necesito ordenar mis ideas.

Es 2019 y creo que es buen momento para ponerme a escribir, aunque la verdad es que ya todo está escrito.

Y aunque no me guste escribir acerca del diablo, por lo menos ahora sé que debo planchar mi camisa antes de ir a un recital, solo por si acaso.

Como quiera y me lo topo.

R. A. Luna Monroy

Junio/2019